«En Uruguay no hay nada que genere tanta identidad y pasión como el fútbol», opina Andrés Morales, historiador e integrante del Grupo de Estudios de Fútbol (GREFU) de la FHCE. Con él conversamos sobre cuál fue el proceso de construcción de identidades que se desarrolló en este deporte en torno a la generación olímpica del siglo XX y cuál fue su relación con los partidos políticos y el imaginario social de principios de siglo.

Su tesis de Maestría en Historia, publicada en 2013, se tituló Fútbol, política y sociedad Las relaciones entre el poder político, la identidad nacional y el fútbol en el Uruguay, 1916-1930, y «abarca desde el primer Sudamericano hasta el primer mundial» lo que coincide con la salida del batllismo del poder en 1916 y la victoria de Gabriel Terra en el treinta, explica.
La primera sorpresa que se llevó el investigador, junto con su tutor, el sociólogo Rafael Bayce, fue que no había en nuestro país prácticamente ningún antecedente académico sobre el tema. «Lo que había era mucha producción periodística, pero eso no servía mucho como soporte bibliográfico», comentó.
Uno de los primeros descubrimiento que realizaron fue que, así como el Batllismo fue fundamental en todos los procesos de cambio de la época, fue fundamental en el deporte. «Fue la matriz de todo el deporte uruguayo. El batllismo crea la Comisión Nacional de Educación Física (CNEF) y empieza a crear las federaciones de básquetbol, de atletismo, de ciclismo, dirigidas por el Estado. Y lo interesante del fútbol es que creció, primero absolutamente independiente del Estado (la AUF, por ejemplo, nace absolutamente autónoma de injerencia estatal), pero llegó un momento que era tan popular que el batllismo empieza a acercarse de forma mediática a él, a través del diario El Día, a difundir el fútbol», explica. Ese periódico, órgano de prensa del Batllismo, es el que apoya la ida [de la selección] a Colombes en 1924 y es el único que envía corresponsales. Además, fue «el primero en captar la importancia de crear una página deportiva, en darle importancia a este deporte como fenómeno de masas. Se torna muy político todo».
Morales puntualizó que este movimiento político no tuvo un papel en los comienzos del fútbol, «pero se acercan a él y se van llenando de Partido Colorado todo los equipos». Según las investigaciones, los dirigentes deportivos de las décadas del veinte y del treinta estaban vinculados de una manera u otra con Batlle y Ordoñez: Julio María Sosa, el creador de la Confederación Sudamericana de Fútbol; el hijo de Batlle, por ejemplo, César Batlle y Pacheco pasa a ser dirigente de Peñarol y luego presidente de la AUF. El batllismo llega ser preponderante entre los dirigentes.
«El primero en el mundo que capta la importancia, que [ve que] el fútbol podía llegar a ser un aglutinador de la nación fue el batllismo. Eso es interesantísimo y va de la mano del Uruguay como “laboratorio social” y de buscar hacer cosas nuevas para América Latina», sentenció.

Fútbol e identidad

Otro de los objetos de estudio de la tesis fue indagar cómo ese vínculo entre el primer Batllismo, la dirigencia del fútbol y los éxitos de 1924, 1928 y 1930 van contribuyendo a construir la identidad nacional de la época.

«Esas personas, con ideas rupturistas como las ideas del batllismo (la ley de ocho horas, la ley del divorcio, etc.), que aún persistían en la década del veinte, impulsaron también cosas innovadoras en el fútbol: mandar a la selección a jugar el torneo Olímpico en Colombes en 1924, cuando nunca antes una selección sudamericana había ido a competir a Europa. Entonces se produce el triunfo de Uruguay y en el imaginario es la primera vez que la avenida 18 de Julio es tomada por gente con banderas, hay un aluvión de festejos y es cuando el fútbol deja de ser fútbol y pasa a formar parte de la identidad». Son los primeros en tomar las decisiones de crear la Copa América en 1917, el primer Mundial, hacer la gira por Europa.
Según el investigador se dio una correspondencia entre los discursos del imaginario nacionalista del Centenario [de la independencia nacional] y los discursos del fútbol. «Iban de la mano de crear un nuevo Uruguay, que se sentía diferente en América. El Libro del Centenario (1925) habla de ese país formado por europeos, que no tenía indios, que tenía una población negra que era muy pequeña (un discurso claramente racista, por otra parte) que van en la misma dirección que los discursos del fútbol. Ser uruguayo en esa época no es lo mismo que ser uruguayo hoy. La idea de latinoamérica no estaba manejada en los medios. Se vivió el hispanoamericanismo. Entonces los jugadores eran como eurolatinos-americanos y estábamos supuestamente hermanados con España, con Italia. Era una forma de demostrar que éramos superiores a los anglosajones, a través del fútbol. Eso es lo más fuerte de toda la construcción de la identidad».
Es por aquellos años que este deporte se convierte en un anclaje identitario tan fuerte como podía ser la figura de Artigas, del gaucho, y el valor de la democracia, explica el historiador y pone como ejemplo la contemporaneidad de la construcción del Estadio Centenario, el monumento a Artigas en la Plaza independencia, el monumento al Gaucho y el Palacio Legislativo.
«El fútbol hizo que por primera vez la gente agarrara las banderas, se aglomerara en frente a las redacciones de los diarios esperando los resultados de los partidos. La camiseta celeste tenía muy poco tiempo, había nacido en 1910, pero lo celeste se asoció rápidamente a Uruguay» y además nos dio una rápida notoriedad internacional, lo que fue captado rápidamente por el Estado.
«El fútbol no es reflejo de nada, forma parte de cómo ven el mundo en cada época. En la década del veinte y del treinta la idea de David contra Goliat, del pequeño país que en inferioridad de condiciones supera a los más poderosos no estaba. Nada que ver. Eso surgió después. Era un país que iba a más, que era capaz de darle al mundo cosas nuevas, muy influidos por aquel “laboratorio social” que era Uruguay por el Batllismo. La imagen que le daba al mundo era de un país que quería ser grande».

Más investigaciones

Andrés Morales ya se encuentra trabajando un nuevo tema relacionado al fútbol, en el marco de la tesis del Doctorado en Historia que está cursando en Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (FHCE). En este caso abordará el Mundial de 1950, un estudio de historia comparada sobre las ideas y estereotipos que Brasil construyó sobre sí mismo y sobre Uruguay, y los que nuestro país construyó sobre sí mismo y sobre Brasil a partir de ese hecho deportivo. «Podemos llegar a sorprendernos con muchas cosas que no sabemos de cómo nos miran y de cómo los miramos a ellos», adelantó.

A pesar de que, como vimos, este deporte tiene una gran importancia para nuestro país fue dejado de lado por la academia hasta hace muy poco, señala Morales «porque era considerado un tema menor. Ahora [a través de iniciativas como el GREFU y el trabajo en los posgrados de FHCE] podemos investigarlo con todas las herramientas. [...] Somos muy agradecidos a la Facultad por generar espacios de pensamiento alternativo en torno a estos temas, [donde uno] pueda pensarlos con libertad. Debe ser el único lugar donde podemos trabajarlo así, sin caer en lo de siempre: en un discurso nacionalista, chovinista, no reflexivo. La FHCE es la que nos ha formado en tener un pensamiento crítico y autónomo, de poder uno mismo aportar cosas. De trabajar el proyecto académico, de desarrollar ideas, de pelear. Eso me lo dio la FHCE. Los debate académicos que a veces son duros, pero que es lo que nos hace crecer.
Morales también valoró el rol de iniciativas como la Incubadora Proyectos Investigación de la Unidad de Egresados [a través de la cual nació el GREFU]: «me parece que fue genial que nosotros mismos pudiéramos armar un proyecto. Y la legitimidad que la Facultad te da para poder hacer cosas, no es lo mismo que no tener un soporte institucional».

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