El cierre del ciclo de debates para conmemorar 50 años del Plan Maggiolo, reunió el 30 de agosto en la Facultad de Ingeniería a Vania Markarian, Aldo Marchesi, Magdalena Broquetas y Ariadna Islas (coordinadora) para pensar en perspectiva el Uruguay de los 60.

Reconociendo que el Plan Maggiolo es básicamente un texto de fundamentación de un pedido de partidas presupuestales, el hecho de «que sigamos hablando de él a 50 años de su formulación, muestra que sirve como documento tanto como monumento de la trayectoria de la Universidad de la República en la segunda mitad del siglo XX», evaluó Vania Markarian. A su juicio el Plan Maggiolo es resultado de «la acumulación e intento de síntesis de al menos tres corrientes intelectuales que mantenían gran peso en el Uruguay de los 60: el pensamiento reformista universitario que floreció entre la aprobación de la Ley Orgánica en 1958 y 1967 –expresado por Rafael Laguardia, José Luis Massera, Julio Ricaldoni y el propio Maggiolo-, el desarrollismo que estaba “en el aire” como dice el historiador argentino Carlos Altamirano, y el peso de la llamada generación crítica (…) que hemos asociado generalmente a espacios literarios ensayísticos de nuestra tradición intelectual pero creo tuvo también una pata universitaria fuerte que se ve en las ideas del Plan».

Doctora en Historia Latinoamericana (Columbia University) y responsable del Área de Investigación Histórica del Archivo General de la Universidad (AGU), Vania Markarian recordó la impronta cientificista del Plan, «que claramente otorga a la investigación científica teórica y experimental el lugar primordial en la concepción de la estructura y de la forma de llevar adelante los fines de la Universidad». Las veces que alude al conocimiento social, «da prioridad a las disciplinas que en la época se veían como más cercanas al método científico y estas son claramente la sociología y la economía». En el Plan Maggiolo las ciencias sociales tienen un instituto central y las humanidades y letras aparecen como un centro. «Esto lleva a un asunto clave que es el intento de articular la nueva estructura de institutos centrales con la vieja estructura federativa que establecía la Ley Orgánica. Y también nos remite al lugar de la vieja Facultad de Humanidades y Ciencias que se había creado como una primera experiencia no destinada a la formación de profesionales liberales sino al cultivo desinteresado de las humanidades y las ciencias».

Ángel Rama, uno de los más importantes exégetas de la generación crítica junto a Emir Rodríguez Monegal, marcó una clara inflexión latinoamericanista, «la misma que experimentó gran parte de la izquierda intelectual y política de la época. Empezaron a afirmar el destino latinoamericano del Uruguay, construyéndolo como una paradoja de la antigua excepcionalidad: para salvarse de la crisis que lo sumía en el continente, Uruguay debía reasumir su destino latinoamericano». El impacto mayor, «además de la innegable influencia del seminario que dirigió Darcy Ribeiro, se reflejaba en esta inflexión latinoamericanista». En marzo de 1968 se inauguró el Instituto Central de Estudios Latinoamericanos.

Vania Markarian reivindicó la importancia de considerar el Plan Maggiolo «y el pensamiento de los universitarios reformistas -en su mayoría provenientes de las ciencias duras-, como pertenecientes al mismo campo de pensamiento crítico latinoamericanista en el Uruguay de los ‘60 que generalmente asociamos a otro tipo de intelectuales, ensayistas o literatos». Para reafirmarlo, leyó un poema que Amanda Berenguer dedicó a Oscar Maggiolo el 1° de mayo de 1969, titulado Hidráulica: «Encauzado va/ el torrente diario/ en la superficie traficando/ están los grandes barcos piratas/ y otros menores de trabajo y remo/ el agua espejo encandila/ con negocios engañosos/ vendes una parte cuando te asomas/ a la cubierta de la compra venta/ por debajo descendiendo/ un batiscafo sonda vivifica/ la mecánica del transporte de fondo/ y en suspensión/ de las otras partes sumergidas».

Doctor en Historia (New York University), Aldo Marchesi situó el Plan Maggiolo «en la bisagra entre el momento desarrollista y uno más radical», y se refirió a tres conceptos «que están en la base: crisis, nación, y pueblo». Maggiolo planteó que la crisis es una condición de oportunidad. «La más evidente es la económica que tiene que ver con el agotamiento del modelo», recordó. La social tiene que ver «con dos situaciones muy diferentes: la crisis de los integrados del modelo batllista que empiezan a perder salarios, y la de los que aún no estaban integrados y empezaban a ver que sus oportunidades se iban cerrando». También aparecía la crisis moral, denunciada sobre todo por escritores como Martínez Moreno en El Paredón, Onetti en El Astillero y Mario Benedetti en El País de la cola de paja, que «dan cuenta de una suerte de decadencia general de la sociedad». Otro nivel es «la crisis de identidad, la idea de que la crisis del modelo batllista pone en juego la relación entre lo europeo y lo latinoamericano y los sentidos de la nación o el marco en el que se entiende el Uruguay moderno».

Un temor de larga data para la derecha conservadora

Según Marchesi, el concepto de nación plantea un dilema: «Por un lado modernizarse, ser parte de la comunidad científica implica adaptar los códigos, formas y mecanismos de prestigio de la comunidad académica global, y concretamente en Latinoamérica es tener un acercamiento muy fuerte con Estados Unidos. Sin embargo, el propio proceso político y la propia conciencia de que las condiciones de producción académica en la región son diferentes a las de Estados Unidos, implican apartarse. Hay un dilema entre ser parte de algo y a la vez ser diferente».

Aunque el término pueblo «no aparece de manera explícita, claramente es el momento de la constitución de un pueblo (…) que se está conformando, movilizando, está luchando contra el viejo sistema de partidos, y está planteando alternativas. Hay un lenguaje dicotómico donde el pueblo es entendido en oposición a la oligarquía, de una forma plural en relación a sectores de trabajadores urbanos, empleados públicos, pequeñas y medianas empresas, trabajadores rurales, y del otro lado las 600 familias latifundistas, la banca privada, los monopolios extranjeros y toda clase de especuladores, estafadores y contrabandistas amasando fortunas multimillonarias. Esta idea va adquiriendo cada vez más protagonismo y en alguna medida contribuye a la radicalización de fines de los ‘60».

Por último, Magdalena Broquetas reflexionó sobre la concepción de las derechas en el camino hacia el Plan Maggiolo entre fines de los años de 1950 y 1967. El campo de «la educación formal y sobre todo su sesgo ideológico es un temor de larga data para la derecha conservadora», explicó: «hay un mojón muy claro en los años de 1930 donde ésta además tiene acceso al Estado y la crítica estará centrada sobre todo en lo que venían siendo las formas de patriotismo cosmopolita, incluyente, que venía incentivando el batllismo desde principios de siglo fundamentalmente en Primaria y en la formación de maestros». En el período anterior al Plan esta preocupación se mantuvo, «pero ya no tan centrada en la impronta batllista sino en función de la orientación democrática de la educación formal. A esto se suman dos cuestiones que van a generar intranquilidad y movilización: por un lado la presencia de un movimiento estudiantil numeroso, politizado, muy cercano a las luchas del movimiento sindical, y por otro la convicción de que buena parte del cuerpo docente profesa ideologías anti-democráticas».

En este escenario «me parece significativo que un movimiento como este, que tendrá cada vez más fuerza, presencia y dinero a nivel editorial y de movilización, plantee como consigna a fines de 1958: Recuperar la Universidad para la democracia». Por 1959 se creó la filial estudiantil de este grupo –el Movimiento Estudiantil de Defensa de las Libertades (MEDL)-, que elaboró un diagnóstico de la situación en los distintos servicios, consejos y claustros respecto de la profundidad de la penetración del anarco-socialismo-comunismo, como aparece en los documentos cuando no aparece solo comunismo». Tanto grupos de jóvenes como de adultos incentivaron la delación espontánea, y sobre todo entre 1958 y 1963 «aparecieron publicaciones ad hoc sobre el peligro comunista en Uruguay». Se fue construyendo una argumentación a favor de nuevas leyes que señalen delitos contra la patria o actividades antinacionales. Y ahí el campo de la educación va a estar en la primera fila».

Otro actor fue el gobierno de Estados Unidos. En uno de numerosos informes al Departamento de Estado se señala que «es urgente disminuir la fuerza del castro-comunismo en Uruguay». Los uruguayos en general «creen que no supone una amenaza porque miran el magro 3% que el Partido Comunista obtiene en las elecciones nacionales, pero los comunistas son muy importantes en la Central de Trabajadores del Uruguay (CTU) y en la Universidad».

La última jornada del ciclo cerró con un panel sobre «La Universidad Latinoamericana» con la participación de Rodrigo Arocena, Jorge Landinelli, Pablo Buchbinder, Rodrigo Patto Sá Motta, y la coordinación de Ariadna Islas.

 

 

*Noticia tomada de: http://universidad.edu.uy/

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